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FERIA GANADERA DE CARACOLÍ | Colombia

 

 

 

Eran las dos de la mañana, sentados sobre una banca de madera ladeada, mirando a una oscuridad interrumpida por las sobras de las monturas, riendas y cabestros de las mulas sobre el muro del corredor; escuchando la lluvia constante desde las cuatro de la tarde del día anterior. Nos encontrábamos Arturo, un arriero de viejas luchas y yo. Cansado con pocos más de cincuenta años de tanto trabajar y guerríar la vida, como me decía luego de que la noche fuese perfumada por licor y cigarrillos. No hacía falta conocerlo con mucha antigüedad para ver en él a un niño sonriente – a pesar del agotamiento de la vida – jugando con una marrana consentida que lo perseguía por la casa y que fue a parar a sus pies aquella noche solo para que le acariciara el vientre, mientras su perro – un enorme pastor alemán al que bautizó Hitler – lloraba celosamente a Arturo por los mimos con la marrana. Me decía: “Mira como es de celoso este huevón” y reía sirviendo otro aguardiente. El agua golpeaba en los potreros y la noche era tan silenciosa en la vereda Quebradona que las risas parecían un chapaleo en el vacío. “Todo el mundo durmiendo y nosotros aquí como un par de maricas. Vamos a dormir mejor”.

 

 

El día anterior, habíamos salido desde la Reserva Natural Hacienda San Pedro en el Magdalena Medio antioqueño, en jurisdicción del municipio de Maceo, a orillas del río Nus, tomando el camino viejo de Maceo a Caracolí donde llegaríamos a la feria de ganado del mes. Íbamos mi padre Iván – el Profe – montando en Diamante; Rodrigo fundador y director de la reserva, al lomo de su Negro, un macho que jugaría un papel divertido en nuestro viaje; y yo, sobre la espalda de Marco Antonio, la bestia de mayor confianza para Rodrigo y la estrella en la reserva.

 

Aquellos días la lluvia había estado dramatizando la expedición, en especial el tiempo que permanecimos en la reserva en búsqueda del titi gris. La mañana que emprendimos nuestra marcha hacia Caracolí, aguaceros intermitentes nos retrasaron y para cuando salimos eran casi las once de la mañana. Cruzamos matorrales y potreros erosionados que trataban de no perder de vista las singladuras del río Nus, rodeadas por pastos y pequeñas cejas de monte, que aisladas iban muriendo en la sucesión de colinas.

 

 

“Cuando llegó el bum de las Brachiaria a finales de los 80’s, todo el mundo empezó a tumbar monte. Son un tipo de pastos sumamente invasivos, tienen un crecimiento rastrero y amarran el suelo como lo son las Brachiarias humidicola y la cumbens, no dejan enmalezar y aquí se enmaleza muy fácil. Entonces comenzaron a tumbar y a quemar el monte, me dije: “Este cambio no soy capaz de hacerlo”. Esa fue la razón, no fui capaz de hacer lo que todos estaban haciendo”.

 

Comentó Rodrigo acerca del surgimiento de la reserva. Al cruzar aquellas colinas, los ojos se sentían agotados por la deforestación y solo regresando la mirada hacia los bosques húmedos tropicales de la Hacienda San Pedro, la vista se reconfortaba en medio de ese desierto de potreros y vacas. Pero otro factor era mucho más grabe. Plantaciones de pino patula invadiendo la rivera del Nus, con propósitos de extraer pulpa y celulosa. Esta práctica ha desplazado gran cantidad de campesinos, puesto que a diferencia del paisaje de ganadería en el cual se pueden ver casas y varias familias habitando los territorios; las plantaciones forestales ocupan grandes extensiones de tierra inhabitables, marginando cada vez más la vida rural de los territorios y los paisajes. 

 

 

Al llegar a la feria de ganado de Caracolí, nos encontramos con Arturo, quien ya había hecho gran parte de la labor del día, recriminándonos todo lo que habíamos perdido al llegar tarde. El Profe y Rodrigo se sentaron con un grupo de amigos en la taberna de la feria. No se escuchaban más que alaridos, risas, botellas brindando, los bramidos de los animales y la lluvia sobre el tejado. El aromatizado sudor de las mulas se iba entretejiendo con el del estiércol de las vacas, además del aliento de los ganaderos que participaban en la venta y compra de reses.

 

En otra mesa alguien gritó a Rodrigo: “¿Cuánto cuesta ese macho?”, refiriéndose al Negro en el que llegó montado. A lo que respondió: “Ese macho no hay con qué comprarlo”. La persona interesada en el animal le propuso: “Le doy dos millones por él, ya”. Rodrigo no contuvo la carcajada y comenzó emocionado a hablar de su mula.

 

 

“Rodrigo: Antier llegamos a la finca con los morrales, e Ivancho me dice: “Cuidado con esa caja que ahí van los huevos”, cuando a este animal se le voltea el tereque llegando a la casa. Yo apretando esas riendas y empezó a brincar, entonces le digo a Juan: “Cerrá la puerta porque donde se vuele de pa’ bajo vuelve mierda esos huevos”.

 

Arturo: Rodrigo, yo soy mulero, manejo mulas. Pero un hijueputa me hace una gracia de esas, de lo que estamos hablando y ese animal no me sirve. 

 

 Rodrigo: ¡Papito, este macho es un muleto! Se le volteo el tereque. ¡Son muy nuevos, Arturo!

 

Arturo: Puede estar nuevo, puede estar viejo, ¿es qué después de viejo va aprender uno? No me haga esa cara, Rodrigo que somos amigos. Ojo con lo que le voy a decir. Con eso que usted hizo, puede ser muy buen macho, pero es peligroso.

 

Rodrigo: ¿Sabe qué me pasó con este macho hoy? Iba Ivancho y Juan adelante, y yo me quedé cerrando la puerta del quiebra patas y cuando arranqué, se me salió del pata-freno la argolla. Entonces quedé en el aire sin freno y me caí, huevón. ¿Y sabe qué hizo este hijueputa macho? ¡Se quedó quietecito! ¡Este macho vale lo que usted quiera!”

 

 

Las palmas se agitaron pidiendo más cerveza. Tantas palabras en instantes fugaces, rostros confusos que van mudando en la mesa mientras las historias inundaban el lugar y personas solitarias se aproximan a nuestra conversación. Y en el calor más fuerte de las voces y las efusividades, aparece la madre de Arturo, doña Sofía, una mujer mayor con energía y risas, a quién no conocíamos.

 

 

“El único problema aquí es que Arturo no se viste ni como la hermana ni como la mamá, con esa elegancia. En cambio vea este muchacho”.

 

Dijo el Profe al conocerla, lo que provocó mayores risas en la taberna de la feria. Finalmente llegó la hora de tomar el camino para Quebradona, vereda de Caracolí camino al río Nare; luego de que Arturo despachara a uno de sus ayudantes con el ganado que habían vendido: “Aquí todavía la palabra vale, yo le prometí llevar los animales, bueno, ahí van”.

 

Ya iban un poco más de cuatro horas que la energía se había ido en el pueblo y en parte de la región, cuando partimos de nuevo bajo la picadura de la lluvia. Los caminos que nos llevaban a la casa de Arturo eran largos y llenos de lodo. La mitad de las patas de las mulas se hundían en el fango y la oscuridad amenazaba con su manto frío y solitario.

 

Solo nos detuvimos una vez en el camino, escampándonos en la penumbra de un quiosco sin energía ni velas. Sobre las bestias nos adentramos en la noche. Grillos murmuraban en la orilla de la quebrada El Socorro, una risa aislada siguiendo el brillo de los cascos contra las rocas del camino, la estela de un cigarrillo inundando de color un rostro sucio por lodo, el cuero de las sillas chillando y dejando de hacerlo para servir otro trago, escuchando las palabras de Arturo guiando en la oscuridad.

 

“¿Usted por qué lucha? Por vivir bien, ¿no?, pero no usted solamente, sino todos”.

 

Luego de cuatro horas cabalgando a ciegas en la lluvia. Arturo pegó un salto al coronar una colina: “¡Ay jueputa! ¡Volvió la luz, volvió!”, al ver un destello entre unos árboles. En ese instante la marcha se aceleró llegando a la finca. Desmontamos las mulas emparamados y cocinamos algo rápido antes de seguir la jornada de risa y bebida en los corredores.

 

 

A la mañana siguiente, luego de ordeñar y pescar tilapias para el desayuno, Arturo se sentó a hacer cuentas de lo que había ganado en la feria del día anterior. “Es que uno está en la jugada, pero solo hace negocios después de 10 cervezas y entonces toca volver a rectificar”. Con la libreta y una calculadora comenzó mientras trataba de explicarme aquel mercado.

 

“Yo compré hace 15 días tres terneras y las vendí ayer. Las compré a 700 mil pesos y las vendí a 800, valen dos millones 400 las tres. A dos millones 400 le quito dos millones 100, me quedan 300 mil pesos de ganancia. Y donde Leoncio, que yo también trabajo con las de él. Allá había nueve y las tuvo seis meses. En los seis meses se murió una y se vendieron las ocho y de eso quedaron 370 mil pesos de ganancia. A veces se pierde… claro que no, lo importante es no perder. ¿Sí me entiende? Si no entiende, entonces pa’ qué marica le explico”.

 

Tras esto recibió una llamada y en pocos minutos se organizó, montó el caballo y partió hacia el cañón del río Nare a traer reses para la feria del siguiente mes. Mientras se alejaba cabalgando por una colina despoblada brillando a la luz de la mañana, entendí que el país del realismo mágico no está en los libros, está afuera en los caminos y las noches, en las paradas para refugiarse de lluvias que pican, en la risa profunda de las discusiones al lomo de una mula, en los amaneceres cálidos que levantan el olor de las monturas húmedas, de marranas caminando por corredores y perros celosos, de gallinas despavoridas dejando rastro en la cocina, en el bramido de un ternero que cambian de corral al ser alejado de su madre, en los ojos de humanos luchando la vida, por todos y por ellos; en la ruralidad de los valles y colinas, en el recuerdo de los árboles y la silueta borrosa del titi gris escabulléndose junto a la orilla de los ríos.

 

Imágenes y texto: Juan José Escobar Gil ©

 

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