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PAISAJES CON MEMORIA: Monterrey, Casanare | Colombia

 

 

 

 

Las cicatrices de la guerra, permanecen también en el territorio. Los paisajes en él inscrito, se salpican de los horrores de la violencia, son víctimas de la indiferencia del abandono y se convierten en escenarios de las memorias creadas por sus habitantes.

 

Con más de 60 años de conflicto armado interno, los paisajes colombianos, son indudablemente, objeto de estudio, reconocimiento y análisis en medio de lo que hoy llamamos la época de post-acuerdo y eventual post-conflicto.

 

Sin lugar a dudas, en la riqueza de este territorio nos encontramos con todo tipo de latitudes que, de una manera u otra, han sido víctimas de la guerra. Sin embargo, es pertinente tomar como caso de estudio un lugar específico con el objetivo de ahondar en particularidades que más adelante, pueden permitir el entendimiento de la generalidad colombiana sin desconocer su singularidad cultural, social, económica y por supuesto, paisajística.

 

La región de los llanos orientales en Colombia, estuvo particularmente afectada por la violencia, entre muchas otras razones, por su estratégica ubicación geográfica. Su conexión con el centro del país y al mismo tiempo con Venezuela, le hicieron automáticamente blanco de luchas por la dominación de varios de sus poblados principales por parte de grupos armados ilegales.

 

Dentro de ellos, el municipio de Monterrey en el departamento del Casanare, cuya historia está llena de momentos clave, que, en síntesis, se caracteriza por la superación del pasado, el reconocimiento de su valor en el presente y las estrategias para el futuro.

 

El primer momento, hace alusión a la fundación del municipio. La particular historia de cómo en el año de 1948 más de 1.000 excombatientes campesinos armados partidarios del “Partido Liberal”, decidieron dejar las armas y reconstruir sus vidas a la ribera del rio Túa, y que deciden llamar Monterrey porque a algunos afortunados que conocían México les recordaba esas tierras.

 

Casas, colegio, hospital e iglesia, fueron construidos con sus propias manos cansadas de un conflicto contra el “Partido Conservador”, que no hizo más que tomar vidas innecesariamente y que solo así, logró sus objetivos al ser escuchados por el gobierno nacional convirtiéndose en el primer acto de desmovilización de la historia del país y siendo ejemplo para los que aún permanecían insurgentes.

 

Esta nueva tierra les prometía entonces un cambio de vida. Su ubicación de piedemonte, les garantizaba varios pisos térmicos para cultivar, la llanura les permitía tener grandes extensiones de tierra para ganado y el particular azul aguamarina de sus aguas los cautivó rápidamente.

 

 

Pero la auto-gobernanza pacífica que habían logrado no duraría por muchas generaciones. El segundo momento, que inicia desde la fundación de la guerrilla de las FARC en 1964, representaría una de las épocas más violentas, dejando, hasta el 2006, más de 6.000 víctimas.

 

Ciertos corregimientos, no podían ser visitados. Los toques de queda eran frecuentes y el rio, las cascadas, las montañas y la llanura, se impregnaron de sonidos de bala, de escondites y laboratorios de droga y de expropiaciones de terrenos.

Ulrich Oslender, geógrafo y autor de varias publicaciones en torno al conflicto armado Colombiano, llamaría a estas relaciones rotas con el territorio propio como “Geografías del terror” que tienen, entre otras, implicaciones como:

 

  • Los “paisajes del miedo”, lugares abandonados por el terror que allí se vivió y el imaginario colectivo que generan.

  • La “des-territorialización”, falta de gobernanza o dominio por los habitantes de un territorio que eventualmente, fragmenta las relaciones con el mismo.

  • La pérdida del “sentido de lugar”, cuyas consecuencias involucran incluso el modo en el que se refieren al que una vez fue su paisaje.

 

¿Cómo reconciliarse con una tierra que alberga memorias de odio y guerra? ¿Cómo generar relaciones de re-territorialización entre el habitante y el paisaje? ¿Es mejor olvidar el pasado o conmemorarlo?

 

 

Es en este punto, donde la creatividad, el conocimiento y la sensibilidad pueden intervenir y hacer parte entonces del Tercer momento, aquel que le apuesta al futuro.

 

Si bien Monterrey ha sido uno de los “beneficiados” económicamente por la extracción de hidrocarburos en la zona, las intenciones de su gente, se depositan en las maravillas naturales con las que cuentan, con el objetivo de su aprovechamiento para el turismo de aventura.

 

La riqueza hidrográfica es abrumadora. Cascadas, quebradas y ríos, son puntos destacados para avistamiento de aves y actividades como trekking, tubing y torrentismo. Sin embargo, persiste la intimidación para aquellos que ven estas actividades como una alternativa económica, y si bien no es justificable, responde a una larga historia donde el miedo fue protagonista.

 

Aquí, es donde debemos evaluar el papel de la arquitectura en el paisaje y si la entendemos con el fin último de diseñar para el beneficio de las generaciones actuales y futuras, o si nuestros alcances pueden llegar a tocar fibras del pasado y re integrar lo que fue roto por la guerra.

 

¿Qué pasaría si ubicáramos lugares de memoria en el paisaje? Si la arquitectura es comprendida como el contenedor de experiencias, ¿no es el perdón y la reconciliación, una de ellas?

 

Ahora bien, si nos atreviésemos a ir más allá de un punto de partida que “contiene”, podríamos entonces hablar de rutas, caminos o senderos que no solo tengan el componente de turismo de aventura, sino de reconocer prácticas agrícolas, emprendimientos campesinos, proyectos productivos de las víctimas del conflicto y elementos de conmemoración de la memoria que permanece allí inscrita y que, si bien es intangible, permanece inscrita.

 

 

Estos “Circuitos de memoria”, serían los encargados de re establecer la relación del habitante con el paisaje, y enorgullecerse al hablar de él como testimonio de reconciliación. Al mismo tiempo, el turista con el paisaje al apropiarse de la historia que el territorio le narra por medio de su gente, sus cultivos, su clima y sus actividades. Y porque no, los victimarios con el paisaje, que, si bien estamos hablando de un acuerdo de paz, deben estar incluidos y re integrados a la vida en sociedad y a las oportunidades laborales.

 

Experiencias como estas, ubicadas en la periferia del centro poblado, no estarían completas si no hiciesen parte de una red más grande que les integrara por medio de educación y capacitación, que no requieren necesariamente de espacios nuevos, sino que se apoyen en la infraestructura existente.

 

Este caso particular, no pretende ser replicable, pues ni la guerra, ni la relación con el territorio, ni las circunstancias que giran alrededor de ella con los habitantes y sus costumbres, pueden ser generalizadas. Pero si es posible, entender a través de este, el papel tan primordial que tiene la planificación regional, el diseño participativo, la arquitectura y la valoración del paisaje, en contextos complejos.

 

Nuestros alcances como diseñadores, deben ser retados más allá de lo físico y las dificultades que presentan los entornos y qué mejor tarea que reconciliar y reconciliarnos con los paisajes de la memoria.

 

“La gente no se da cuenta, de que la arquitectura del paisaje es política” Laurie Olin, arquitecto paisajista.

 

Texto e imágenes: Lizet Bonilla Grajales ©


*Artículo con sustento en tesis de grado “Memoria y comunidad: Territorio para la reparación. Monterrey, Casanare” por Lizet Bonilla Grajales, tutora Laura Teresa Sanabria Pardo.

 

 

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