PAISAJEO 2018 ®
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LA PRUEBA CONTUNDENTE | Foto relato

 

Cuando bajé del coche con la cámara en la mano, tenia el firme propósito de fotografiar esa enorme llanura calcinada. El calor era brutal, respirar te quemaba por dentro, parpadear era un trámite doloroso. Estar allí y querer marcharse compartían un mismo sentimiento, que en pocos minutos se convertía en obsesión, era la lógica ancestral de la supervivencia, pero necesitaba la foto para empezar un documental que había imaginado el día anterior: “El Milagro del Agua” (Youtube, canal de Pablo Bohorquez).

 

El paisaje era sobrecogedor, parecía un mar de carbón y el horizonte la frontera donde se retaban la muerte y la vida.  El olor a universo quemado impregnaba el alma. Años después me embarga y me pone de vuelta allí, de pie como un guerrero. Es el olor de Chad, el corazón muerto de África, un país donde 14 millones de personas nacen y mueren en tiempo record, y en el breve lapso entre esas dos eternidades, viven sometidas a una recalcitrante dictadura que hace parte del feudo africano de la Francia Imperial. Travestida de neocolonialismo, a plena luz del siglo XXI, frente al blanco paredón de la comunidad internacional y sin que nadie haga nada, se lucra de la injusticia, de otra tragedia olvidada.

 

Descendí unos metros de la rampa de polvo por la que habíamos llegado y me adentré en la llanura. Mis compañeros se quedaron cerca al coche, no era lugar para bromas. Andaba con los pies hundidos en la ceniza, dejando una estela de polvo. Pronto me sentí como un cosmonauta en un mundo lejano,  volcánico y olvidado, donde todavía podía escucharse el eco del portazo de los dioses.

 

Mientras mi imaginación jugaba para equilibrar mis temores, creí ver un espejismo, me detuve, el silencio hizo mi lejano planeta más grande y desolado,  un pequeño tambor empezó a tocar en mi pecho. Lo que primero fueron sombras, se convirtieron en manchas oscuras que se movían a  unos cientos de metros paralelas a la carretera. Pronto tuvieron forma orgánica y se convirtieron en  figuras pequeñas, emborronadas por el aire en ebullición, al principio dudé, parecían personas, no podía entender cómo podía haber alguien en medio de esa dantesca inmensidad, antes de llegar allí habíamos viajado decenas de kilómetros sin ver un alma. Pero definitivamente eran personas. Dejé de ser cosmonauta,  poco a poco  las pequeñas figuras se hicieron mas definidas, y vi que se acercaban con precaución a dónde estaban a mis compañeros, eran niños!!

 

 

Yo estaba muy lejos, me iba a perder un encuentro mágico, así que le puse el teleobjetivo a la cámara para observarlo, pero una colina negra me impedía ver el coche. Recordé que todavía nos quedaba un balón de futbol por regalar, el último de decenas que habíamos repartido en las últimas semanas. Una buena forma de entrar en contacto con las comunidades y empezar a hacer pozos y escuelas. Este, estaba usado, me lo había dado mi pequeño hijo Miguel, tenía su firma y lo habíamos reservado para una ocasión muy especial. Me llevé la mano a la cintura, pero no había llevado la radio. Crucé los dedos para que mis compañeros lo recordaran y para que no dudaran en darlo a esos pequeño héroes.

 

Pasaron unos minutos. Supuse que los niños ya habrían llegado al coche. Lamenté  no ser capaz de verlo. Intente tragar saliva pero en su lugar solo conseguí hacer un gesto seco que me recordó que ese no era mi lugar.  Volví a cambiar el objetivo de la cámara por uno de amplio campo y tomé la foto de la llanura, la imaginé en el documental junto a las otras escenas que había pensado, para hacer entender la lucha diaria que tienen millones de Africanos por el agua, para inspirar empatía y solidaridad en quien lo viese.

 

Mientras pensaba en la música que iría en esa escena,  escuché un ruido, me giré rápidamente y vi una serpiente negra, majestuosa, observándome a unos metros, inmóvil sobre la densa nada de su reino,  pero su camuflaje no incluía sus ojos brillantes,  era la foto perfecta, hipnótica. Decidí poner de nuevo el teleobjetivo, pero la maniobra la asusto y se zambulló entre las cenizas.

 

 

Cuando todavía lamentaba mi torpeza, escuché el sonido más improbable en ese infierno:  gritos de alegría de niños. Miré a través del visor, y los vi corriendo con el balón en la mano, bailando, haciendo regates, dando saltos y señalando el cielo, daban gracias a un Dios suspendido en la bruma  por ese milagro que les acababa de suceder. Su alegría viajo a la velocidad de la luz, me contagió,  disparé cuatro veces y baje la cámara, instintivamente mi vista se dirigió hacia arriba, como si quisiera ver a quien señalaban los niños. Yo no tengo su fe, pero donde antes había un cielo plomizo, ahora había un manto blanco, deslumbrante, eterno .  Recordé las palabras de Nietzsche, “el rito es en el tiempo lo que la morada es en el espacio”, porque algo había cambiado, mi percepción era ahora la de estar en un lugar con límites, en el que volvía  haber esperanza.

 

Miré por ultima vez a los niños, volvían  manchas diminutas, en ebullición.  Pero la línea entre el cielo y la tierra ahora tenia otro color, parecía más cercana, como si la vida le hubiera ganado terreno a la muerte. Mientras abrazaba a mis compañeros que no terminaban de entender mi emoción, fui consciente que el paisaje es un reflejo de lo que llevamos dentro. Termina pareciéndose a nosotros y nosotros a él,  esa es la prueba contundente que el mundo puede ser mejor.

 

 

Articulo, Imágenes y video: Pablo Bohorquez ©

 

Video completo

 

 

Link Deporte y arte solidario: http://deporteyartesolidario.com

 

Link canal de youtube Pablo Bohorquez: https://www.youtube.com/user/blitus2

 

 

 

 

 

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