PAISAJEO 2018 ®
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LEER EL PAISAJE EN UN OJO DE AGUA

 

Estábamos a cinco minutos de camino del bus, cuando lo noté en medio de los altos pastizales quemados por el sol; tenía  forma de corazón y reflejaba el gris opaco del cielo.

 

Veníamos de regreso a la laguna Las Cuevitas, después de una larga caminata de casi dos horas, por el Parque Nacional Natural de Sumapaz. Nos encontrábamos en una salida de campo, organizada por la universidad para conocer, entender y conectarnos con el paisaje. Esa mañana, habíamos pasado por varias zonas pantanosas, cruzando quebradas y contemplado dos lagunas de cerca, asi como otra, más pequeña, de lejos. Durante el recorrido hablamos de los mecanismos mediante los cuales estos espacios almacenan, como una enorme esponja vegetal, impresionantes cantidades de agua cristalina. De forma directa logramos comprobar como el páramo, por sus particularidades climáticas, biológicas y geológicas, interactúa de forma única en el mundo, siendo una verdadera fábrica del líquido fundamental para la vida.

 

 

No se me hacía nada raro, por lo tanto, encontrar un cuerpo de agua más, entre tantos que había visto en un recorrido de pocos kilómetros.

 

– Pero este no es natural, ¿cierto?

 

La pregunta venía de Erika, nuestra acompañante de Pasca.

 

– No, éste no, – le contestó nuestro guía campesino – es de cuando cultivaban la papa. Lo hicieron para poder fumigar.

 

Le pregunté entonces a Erika si conocía bien la zona y el ojo de agua que teníamos delante de nosotros, imaginándome que me iba a decir que sí.

 

– No, es la primera vez que lo veo.

 

– ¿Entonces cómo sabías que no es natural? – dije.

 

– Estámos en una parte alta, – me contestó – las lagunas y pantanos se acumulan en las partes bajas, es raro ver esto aquí.

 

 

Muchas veces miramos los paisajes sin lograr entenderlos. Lo que llamamos mundo natural (aunque a veces es modelado por el ser humano) está lleno de signos, los cuales en algunas ocasiones pasan desapercibidos debido a que carecemos de herramientas, para descifrar el código escondido en ellos. Con toda nuestra alfabetización, somos analfabetas paisajisticamente. Abrimos el libro del entorno, gozamos de las bonitas ilustraciones, pero el texto se nos escapa, como si estuviera escrito en letras desconocidas.

 

Las redes sociales, las revistas de viajes o los programas de televisión, abundan cada vez más en fotografías espectaculares de montañas nevadas, mares turquesas, planicies verdes con árboles solitarios u otros paisajes fuera del ordinario. Están ilustraciones generalmente acompañadas por mensajes que incentivan a visitarlos, pero sin embargo la información adicional suele ser mínima, limitándose meramente a la ubicación geográfica del lugar y con suerte la fecha cuando fue tomada.

 

El paisaje es entendido como algo que da placer estético, una fuente de prestigio para los que pueden atestiguar el contacto directo con él, una vista para contemplar, un espacio para recorrer, con el cual medir fuerzas y resistencia física en caminatas que a veces son ecológicas y otras no tanto.

 

En realidad, como el caso del pequeño ojo de agua me lo demuestra, me doy cuenta que los paisajes pueden también guardar memorias. El pasado agrícola de ese pedazo de tierra de Sumapaz, que la naturaleza ha recuperado hace relativamente poco con la ayuda de instituciones de conservación ambiental; ha quedado como huella humana discreta pero presente y con dos historias que contar: la de su existencia y la de su transformación. Así, para quien sabe leerlo, el paisaje puede ser interlocutor, ente pensante, depositario del conocimiento y fuerza comunicadora.

 

 

La pregunta que me hago es cómo podría llevar este diálogo. El porqué ya se sabe – con tanta destrucción ambiental, con tanto mal uso que se les da a los territorios por falta de entendimiento profundo, el punto de partida para un cambio podría ser el re-establecer la dignidad de estos entes, que en la cultura occidental se consideran sin conciencia y pensamiento.

 

Pero clases de alfabetización del paisaje no he encontrado (¿habrá allí una oportunidad?), y de todas maneras dudo que la conexión sea fácil a enseñar. Pienso en los centenares de paisajes que he recorrido antes fotografiandolos sin siquiera interrogarlos, sin siquiera saber que había un libro ante mis ojos. ¿Cuantas historias me perdí?

 

Volver ya es imposible, pero tal vez un primer paso para el futuro sería justamente este: entender que allí afuera hay un diálogo latente.

 

 

Texto e imágenes: Paula Veselovschi ©

 

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